La Semana Santa alrededor del mundoHoy, la ciudad de Requena, en Perú
“La Semana Santa, o mejor el Misterio Pascual, es el misterio central de la vida cristiana”
En primer lugar, les agradezco la oportunidad de compartir la experiencia de la Semana Santa en nuestro Vicariato Apostólico, de forma particular en la ciudad de Requena (Perú). Y, cuando estaba pensando cómo expresar el contenido, leo un texto que me parece iluminador, pues expresa lo que sentimos y vivimos en contacto con nuestra tierra y nuestros hermanos. Aunque sea una cita un poco larga, permítanme compartirla con ustedes:
“Los pueblos de América Latina se identifican mucho con Jesús de Nazaret. Él vivió en un mundo muy parecido al suyo... La patria de Jesús es parecida en muchos aspectos a las tierras que conocen los pueblos de América Latina... En los evangelios, Jesús se encuentra con un pueblo muy parecido al pueblo pobre de América Latina, que sufre de los mismos problemas, enfermedades y exclusiones... La compasión de Jesús por el sufrimiento de los pobres toca profundamente al los pobres de América Latina. En él ven la misericordia de Dios... El Jesús que les habla es obviamente alguien que vive y que es muy presente... Lo que viene a su encuentro es más bien el Jesús de Nazaret, el crucificado. Él que les habla es el mismo que fue quebrado en la cruz. En el contexto de América Latina, de su miseria y violencia, los pobres viven la crucifixión y, por el momento, allí quedan dentro de esos límites de su realidad. No obstante, cuando dan testimonio ante Jesús de su propia vida y de sus anhelos, se siente un olor de resurrección, de vida que triunfa sobre la muerte”.
La Semana Santa, o mejor el Misterio Pascual, es el misterio central de la vida cristiana. Re-vivimos el incomparable y gratuito amor que Dios nos tiene. ¿Podemos comprenderlo? Tal vez, lo único que podemos hacer es ponernos en disposición de acoger y contemplar, desde la vida y nuestros sufrimientos.
Es tiempo especial para acompañar, seguir, mirar, amar, agradecer, contemplar, en silencio amoroso y agradecido. Para recordar y revivir la entrega incondicional de Jesús. Para agradecer su amor y la vida nueva que va a brotar de la semilla sembrada.
Bien sabemos que no es fácil acompañar a Jesús en este camino, en esta hora. No es fácil ir con Jesús en esta hora. Se le ve solo, débil, entristecido, ¿fracasado?, ¿abandonado?, ¿negado?, Él sigue su camino. El abandono de los suyos es lo que más le duele. Pero quiere estar con ellos, darles una prueba más de su amor, entrega y alimento. Por eso, hay que estrechar la relación y la confianza. Acompañar, permanecer, agradecer… serán no palabras, sino actitudes necesarias para vivir con Jesús.
Entre nosotros, la Semana Santa se abre con la Celebración de “Los Ramos”. Días antes, la gente prepara sus hojas de palma (las propias de aquí), que serán bendecidas al comienzo de cada Eucaristía y que serán llevadas en procesión con aclamaciones y cantos.
El Jueves Santo es el día grande para celebrar el Amor que se hace comida y bebida, el amor como camino excepcional y que colma los deseos, el servicio como distintivo de los verdaderos seguidores, porque el amor no es palabras, sino entrega de la vida, sin límites ni condiciones. La celebración de la Cena del Señor y la adoración del Santísimo, en el “Monumento” que se ha preparado, son el centro. Hasta la media noche, grupos que han preparado la Hora Santa, invitan a estar en profundo silencio interior, contemplando y adorando al Señor, Pan de Vida. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, como yo os he amado”.
El Viernes, la Cruz lo llena todo. Es el Amor más grande. Jesús, condenado y crucificado. Y, con Él, todos los abandonados, perseguidos; todo el mundo de dolor. Cruces de todos los tamaños y colores, pero siempre cruces. Por la mañana, desde cada una de las Capillas, especialmente los jóvenes van recorriendo las diferentes partes del pueblo siguiendo los pasos de Jesús, su y nuestro Vía-Crucis. Con la cruz de tantos crucificados por el hambre, la injusticia, la guerra, el dolor… Por la tarde, la Celebración de la Pasión y la multitudinaria procesión por toda la Ciudad, con las imágenes de Cristo yacente y la Madre Dolorosa.
La espera silente y confiada del Sábado, que nos abre a la gran Celebración de la Vigilia Pascual, manifiestan la confianza en el Padre, que proclama la victoria de su Hijo sobre la muerte, abriéndonos la puerta de la Vida, para que los que creemos en Él sigamos anunciando la presencia del Reino: el amor, el servicio, la entrega, la igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana.
Este pueblo, que anhela su salvación y la liberación de toda opresión, celebra con alegría la Resurrección. La Vigilia Pascual inicia con la bendición del fuego, en la plaza San Francisco, y el canto del Pregón Pascual: Toda nuestra existencia tiene sentido: ¡Feliz culpa que nos ha merecido tal Redentor! ¡También nuestros sufrimientos, el compromiso diario por el Reino!; y el Espíritu de Jesús alienta y fortalece para seguir anunciando el Reino.
En todas las celebraciones del domingo, los fieles acuden con sus recipientes de agua para que sea bendecida: el agua que limpia, fecunda, hace germinar la Vida Nueva con sus frutos de fraternidad, justicia, paz. ¡Cristo ha resucitado! ¡Y nosotros con Él!
Fray Juan Oliver Climent, OFM
Obispo vicario apostólico de Requena (Perú)
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