Jueves Santo“Aquellos 12 hombres rudos pero con un corazón grande empezaron a entrar con estos pensamientos en la habitación donde iban a cenar”
Él ya lo sabía. Pero los otros 12, no. Él sabía que iba a ser la última. Ellos, no. No lo sabían, pero aunque a veces no captaban todo lo que el Maestro les decía hoy le habían visto algo más serio porque habitualmente su porte era alegre, muy pocas veces duro, Él estaba hecho para perdonar o sea para amar, aunque fuera grave el asunto, un adulterio por ejemplo: había demostrado que si te arrepentías, todo se podía arreglar: el arrepentimiento era siempre manifestación de amor. Sí, hoy estaba más recogido. Aquellos 12 hombres que caminaban junto a Él aquella noche no sabían que era la última cena pero lo intuían. Intuían algo: la elección de una sala grande, especial, pedida expresamente a un amigo para celebrar la Pascua y el que hubiera querido que estuvieran los 12 les hacía sospechar que algo importante les querría decir. Ellos a veces no se enteraban de lo que Él les decía, estaban atentos pero ¡cuántas veces les había tenido que decir: “pero ¿hasta cuando tendré que estar con vosotros?”!; o ellos, con sencillez, porque sencillos y sinceros eran, después de que Él hubiera explicado algo, incluso poniéndoles un ejemplo, aun así, le decían “Señor explícanos la parábola”.
Aquellos 12 hombres rudos pero con un corazón grande empezaron a entrar con estos pensamientos en la habitación donde iban a cenar. Se sentaron a la mesa. Él se puso en centro. No sólo para que todos le vieran y oyeran bien, sino porque Él era, tenía que ser siempre el centro de sus vidas, con mucha claridad les había dicho que Él era “el Camino, la Verdad y la Vida”. En el extremo izquierdo de la mesa se sentaron Bartolomé, Santiago el Menor y Andrés, a su lado y acercándose al Maestro estaban Judas Iscariote, Simón Pedro y Juan, a quien todos conocían como “el discípulo amado del Señor”, Y a la derecha de quien era un Padre para ellos, estaba sentado el más cercano Tomás, Santiago el Mayor y Felipe, y, finalmente en el extremo derecho, Mateo, Judas Tadeo y Simón Zelote.
La oscuridad ya se había cernido en la habitación, ahora en penumbra, y el tono era intimista: las palabras del Señor salían del cerco de su boca como piedras vivas que caían en el corazón de aquellos hombres, no como pesadas losas, bruscas o hirientes, sino como roca esculpida en sus almas, dulces y amorosas: “hijitos míos” estaba llamándoles en ese momento a aquellos fornidos hombres, porque Él mira los corazones, no la piel, no la apariencia, es distinto el juicio de Dios al de los hombres. Y en este tono cordial e íntimo pero a la vez, solemne, de Rey, se levanta de pronto, pone agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Todo era silencio y asombro Él, ¡¡Dios!! ¡Está lavando los pies a unos hombres! Se miraban unos a otros, dejando hacer, sacando sus sucios pies de las viejas y desgastadas sandalias, tímidos, encogidos, pero cediendo al lavatorio porque si lo hacía Él, bien hecho estaría, porque como decían los romanos, “omnia bene fecit” todo lo hacía bien.
Todo iba bien hasta llegar a Pedro “¿tú lavarme a mi los pies?”; y Él: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; pero lo entenderás después”. El pescador orgulloso, pero lleno de amor a su Maestro, se levanta indignado: ”no me lavarás los pies jamás”. Él: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo". Sabía el Maestro que eso era lo que tenía que decirle a Simón Pedro, porque como buen discípulo suyo, seguro que así iba a ceder, porque Pedro lo tenía muy claro, recordaría que había oído como Él se lo había dicho a Marta, la hermana de Lázaro: “Marta, Marta, te preocupas por muchas cosas, pero sólo una es necesaria” vivir en gracia de Dios en la vida de la tierra para vivir la Vida Eterna del cielo con quien es puro amor: “Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza”, cae al suelo una vez más Pedro, como ya cayó antes en la pesca milagrosa. Los otros discípulos movieron la cabeza como diciendo, “Pedro, como siempre, qué reacciones tan humanas, pero que arrepentimientos tan santos”.
“Estaba claro”, pensaron entonces los discípulos, “ahora ya sabemos lo que nos quería decir nuestro Padre, nuestro Hermano mayor, nuestro Maestro, nuestro Amigo, a quien adoramos: una lección de humildad”. Si, pero no sabían todavía hasta qué punto era la humildad que nos mostraba porque... no acababa ahí la cosa: humildad unida a la caridad, al amor por nosotros.
Una vez sentado empezó a hablar con una reverencia y solemnidad que, a pesar de haber vivido con Él tres años, no habían visto nunca: “tomó Jesús el pan lo bendijo, y lo partió, y lo dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed. Esto es Mí Cuerpo. Y tomando la copa, y dadas gracias, se los dio, diciendo: Bebed de él todos; Porque esto es Mí Sangre de la Nueva Alianza, que será derramada por muchos para remisión de los pecados”. Había llegado el momento de la máxima humildad, de la máxima entrega, del máximo amor: “habiendo amado a los suyos los amó hasta el fin”, y no solo a los discípulos sino a todos aquellos que, en gracia de Dios, le reciben cada día en la Eucaristía. Porque, como recordará perfectamente años después su discípulo amado, Juan, Él había dicho que “quien come mi carne y bebe mi Sangre, en Mi permanece y Yo en él”. Esto sucedía un jueves, que, desde este día, ya siempre es y será Jueves Santo.
La verdad es que da mucha pena que tantos como somos católicos y que podemos recibir al verdadero Cristo, el Hijo de Dios, el Hacedor del Mundo, mejor aún, quien es un Padre-Madre que nos adora, que nos espera para estar con nosotros, dentro de nosotros, junto al corazón, corazón que cada día Él hace que bombee la sangre a nuestras venas dándonos la vida, que a Ese que tanto nos quiere, nosotros no le queramos. Sí, dicho así es fuerte, pero si yo quiero a alguien procuro estar con él, hablarle, divertirme o pasar juntos mucho tiempo. ¿Qué le dice una madre a su hijo pequeño levantándolo en lo alto?: “¡¡es que te comería!!” ¿Y con Dios? ¿Hacemos esto? Estamos en Semana Santa. Quisiera con estas reflexiones moverte a vivir más cerca de Dios. Que no sea Jueves santo un jueves al año, que no solo sea un jueves el que reluzca más que el sol, sino que todos los días, al menos los domingos, reluzca en tu alma quien es el verdadero Sol, la verdadera Luz, que sea Él quien ilumine tu camino y tu vida.
Evaristo de Vicente
Director editorial de contenido religioso del Grupo Intereconomía
Director del programa TV Valores en alza
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