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EL SEIS DOBLE
miércoles, 1 de noviembre de 2023
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 La última morada no es eterna
Por: Alfonso Rovira

Trataremos de hacer un poco de historia de los distintos cementerios que hubieron en nuestra ciudad


 
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El 29 de este mes de octubre, mi estimado amigo, Rubén Pastor, publicaba en este diario digital, temas sobre los camposantos de Alzira, citando mi crónica publicada en el diario Levante -el mercantil valenciano-, el 30 de octubre de 1998. Creo que no cuesta nada ponerla en circulación para nuestros lectores.
En estos días, cuando está finalizando el mes de Octubre, es costumbre girar visita a los cementerios, donde reposan nuestros familiares; depositar unas flores y recordarles con una oración, cuando se acerca la fecha de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos. En este siguiente día, según la iglesia católica, nos lleva lógicamente a meditar en la muerte; este hecho misterioso y desconcertante, que conocemos todos bien, quizá a veces tratamos de apartar del horizonte de nuestra conciencia como un pensamiento inoportuno y molesto, creyendo que así se lleva una vida más serena.
En esta ocasión trataremos de hacer un poco de historia de los distintos cementerios, que hubieron en nuestra ciudad, antes de construirse el actual en 1885.
La palabra cementerio, viene del griego koimëtërio —para los cristianos quiere decir dormitorio, si no se le podría denominar simplemente, necrópolis—. Los árabes llamaban Rauda a los lugares sagrados donde enterraban a sus muertos. En la época medieval, en Alzira, donde convivían tres religiones, la musulmana, judía y cristiana, según la publicación, en 1933, por Don Vicente Pelufo Corts, sacerdote y archivero municipal hasta 1936, relata que en nuestra antigua isla del Xùquer, existían al menos tres cementerios. El musulmán, posiblemente en la barriada de alfareros, lugar de cota alta, donde las aguas del río no llegaban en sus desbordamientos. Era, quizás, el mayor de los cementerios, puesto que la  densidad de población en aquella época era la más numerosa, que tenía por costumbre en este lugar sagrado plantar árboles en forma de alamedas y cercar las tumbas con las conocidas plantas olorosas, de una misma familia, como son la murta, el mirto y el arrayán.
Muy cerca del barranco de La Casella, a la entrada del Camí de Vilella, con una extensión de más de diez hanegadas, tenía el cementerio la comunidad judía. Los cristianos, por su parte, realizaban los enterramientos en las iglesias o en lugares próximos a ellas, como se hacía en el convento de San Agustín, fundado en el siglo XIII —donde se ubicaron las oficinas de Bancaixa— en el inicio de la partida de l’Alquenencia, donde comienza la Calle Benito Pérez Galdós, conocida popularmente por los alcireños, como el carrer Fossar. 
La iglesia de Santa Catalina también tuvo cementerio propio, enterrándose en la ermita de Nuestra Señora del Sufragio, en la plaza del mismo nombre, edificio que fue construido en 1753 y demolido en 1967, cuando amenazaba ruina.
No tenemos constancia de cuando fue construido el cementerio de Tulell, que funcionó hasta unos años antes de que finalizara el siglo XIX.  Lo cierto es que las autoridades locales comenzaron a hacer proyectos en 1847 para la construcción de un camposanto, cuya ubicación estuviera alejada de la población, donde no recibiera los vientos del norte que hacían penetrar malos olores en la población distante 242 metros de las cercanas casas del Arrabal de San Agustín y 240 de la calle Nueva —Santa Teresa— separada por el lecho del riu Xùquer y Barxeta y al mismo tiempo los peligros de contaminación por las constantes inundaciones del propio río.
Por todo ello, las autoridades locales formaron una comisión que se encargara de localizar terrenos donde ubicar el nuevo cementerio e iniciaron gestiones en terrenos de la partida de Tisneres y Cementerio, en el lugar conocido por “Rincón del resbaladero”.
El arquitecto Antonio Martorell Trilles, elaboró y presento un proyecto, con memoria descriptiva en 1884, en el que señalaba  “...a la construcción del muro cerca del recinto en el plazo más breve posible, dado que de un momento a otro puede hacer aparición en la ciudad la epidemia colérica, que por desgracia ha invadido ya nuestra patria. Si esta calamidad ocurriese, sería una locura pensar que hubiera de hacerse enterramientos en el cementerio antiguo. Esto hizo que la corporación municipal acelerara las gestiones y dieran comienzo mas obras del nuevo camposanto.
Los terrenos localizados fueron expropiados a sus dueños, Carmen Llópis, Francisco Ferrer y Matilde Catalá, que tenían una extensión de siete hanegadas cada uno de los dos primeros y tres y media de la última por los que el ayuntamiento pagó 5.753,75  pesetas y la obra del cerramiento del muro fue otorgada al albañil Juan Bernia Bria, en subasta pública por 19.000 pesetas.
El día 19 de Octubre de 1884 se colocó la primera piedra del nuevo cementerio en la partida del Plá de Corbera, en un acto que presidió el alcalde Don Bernardo Sanz Aliño, siendo amenizado el mismo por la banda de música que dirigía el maestro Enrique García Balanzá.
Con la premura de tiempo, acelerando los trabajos, el nuevo cementerio fue inaugurado al siguiente año en que el primer alcireño que recibió tierra fue el joven de 17 años de edad Francisco Coves Daries, el día 11 de Junio de 1885, según inscripción en su lápida del muro de la parte izquierda, número 59
Pocos días antes del primer enterramiento, el 20 de Mayo de aquel año 1885, comenzarían las obras para la construcción de la capilla, terminándose el 3 de Septiembre de 1889, obra que sufragó José Peris Ortells, abogado alcireño y su esposa, Genoveva Hernándis Garrido. 
Alfonso Rovira

  

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El Seis Doble no corrige los escritos que recibe. La reproducción de este texto es literal; fiel a las palabras, redacción, ortografía y sentido del autor/es.

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